Hoy en día, la salud mental es analizada desde la relevancia que ostenta en la vida cotidiana de todo ser humano. Se trata de un concepto que permaneció oculto durante largos periodos; un ejemplo de ello es el siglo pasado, cuando los dispositivos psiquiátricos se situaban a las afueras de los núcleos urbanos. Esta denominada “contención hospitalaria” no hacía más que perpetuar el estigma y el temor hacia las personas con trastornos mentales.
Sin embargo, gracias al incremento de la evidencia científica, no solo se ha consolidado la definición de Salud mental propuesta por la Organización Mundial de la Salud (OMS), sino que se ha logrado establecer un marco de «normalidad» inclusivo. En este espectro conviven desde pacientes con patologías crónicas como la diabetes —individuos plenamente integrados— hasta personas que padecen un trastorno mental. Bajo este prisma, la lucha contra el estigma es más nítida: un individuo que atraviesa un trastorno de ansiedad es una persona normal, a menos que sus parcelas personales y sociales se vean alteradas por un sufrimiento continuo que requiera intervención profesional.
Desde la perspectiva de las ciencias de la salud, la salud mental es un pilar fundamental del sistema clínico y de cuidados. El equipo multidisciplinar tiene el deber de velar por su mantenimiento en todas las etapas del ciclo vital. Para ello, la educación sanitaria y la detección precoz resultan imprescindibles desde la infancia y la adolescencia —periodo crítico de aparición de psicopatologías— hasta la adultez.
Este avance es fruto de la Reforma Psiquiátrica de 1986 a partir de la Ley General de Sanidad, que supuso un cambio de paradigma: la transición de los antiguos hospitales psiquiátricos hacia los dispositivos comunitarios actuales dentro de la red de salud mental, situados en el corazón de las urbes y accesibles para la ciudadanía ofreciendo cobertura a todo aquel que lo necesite.
Pese a todo ello, la salud mental y sus desviaciones generan entidades complejas que permanecen en constante estudio. Gracias a sistemas y manuales como el DSM y la CIE, la clasificación de los trastornos mentales se hace patente, generando un lenguaje común y buscando puntos de encuentro para su diagnóstico y tratamiento. De este modo, se busca el mejor encuadre terapéutico posible, abarcando desde la remisión y la rehabilitación hasta el tratamiento y, finalmente —aunque no por ello menos imprescindible—, los cuidados.
La taxonomía de los trastornos mentales es dinámica y se encuentra sujeta a revisiones periódicas basadas en la evidencia clínica. Ciertas categorías diagnósticas se han descartado conforme han evolucionado los paradigmas socioculturales —un ejemplo histórico es la drapetomanía—, mientras que han emergido nuevas entidades que anteriormente carecían de relevancia o contexto para manifestarse. Un ejemplo contemporáneo es el ‘trastorno por juego por internet’, cuya inclusión formal permanece bajo debate científico y en constante evaluación por parte de la comunidad internacional.
La etiología de los trastornos mentales, analizada desde los modelos integradores, responde a una interacción compleja de factores. En primer lugar, los factores biológicos, donde destaca la relevancia de la hipótesis neuroquímica de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina. En segundo lugar, los factores psicológicos, que comprenden la estructuración de las áreas psíquicas y el desarrollo de la personalidad a lo largo del ciclo vital. Finalmente, los modelos sociales, donde las pautas educativas, la dinámica familiar y los acontecimientos vitales actúan como desencadenantes de vulnerabilidades latentes a nivel genético.
En el escenario actual, el conocimiento profundo de los trastornos mentales, sus abordajes terapéuticos y la optimización de los cuidados constituyen los eslabones fundamentales de las profesiones sanitarias; entre ellas, destaca la enfermería. El cuerpo científico enfermero, desde su área específica de los cuidados, no solo desempeña una labor asistencial en salud mental, sino que posee una alta competencia en el conjunto de tratamientos y en la gestión de la psicofarmacología. Su capacidad para identificar efectos adversos y su posición en la primera línea de atención permiten detectar síntomas de forma precoz y colaborar con el equipo multidisciplinar en la consecución de resultados terapéuticos óptimos. Asimismo, su liderazgo en grupos de psicoeducación dota a los pacientes de herramientas para la autogestión de su trastorno, superando así los antiguos estigmas que, en ocasiones, la propia profesión ha mantenido sobre sus competencias.
Para dar respuesta a estas exigencias, el manual titulado Enfermería psiquiátrica y de salud mental constituye una obra de referencia esencial. Este volumen recopila, tanto para estudiantes en formación como para profesionales expertos, la esencia del corpus científico de la salud mental, integrando la evidencia más reciente con la práctica clínica de los cuidados.
Autor: Daniel Román Sánchez, doctor en Enfermería en Salud Mental; docente y autor de Enfermería psiquiátrica y de salud mental

Enfermería psiquiátrica y de la salud mental
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